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Declaración de desarrollo

140 Posteado por - 12 febrero, 2018 - 200 años de independencia, Opinión, Opinión Heureka
Por Martín Pérez Comisso, estudiante de doctorado en Dimensiones Humanas y Sociales de la Ciencia y Tecnología de la Universidad Estatal de Arizona.

Un 12 de Febrero de 1818 fue la ceremonia de jura de la independencia de Chile. Este hecho, como su redacción un 1 de enero, pasan desapercibidos en nuestra cultura popular, eclipsados por nuestra festividad dieciochera. Sin embargo, este evento une diferentes ciudades de nuestra nación: Concepcion, Santiago, Talca, La Serena y Copiapó. Posteriormente Valdivia y finalmente Chiloé. Fue un hito de emancipación cultural y el paso definitivo para dejar de pensar nuestra identidad desde la colonialidad.

A partir de los eventos de la Segunda Guerra mundial, la configuración política y económica internacional nos suscribieron otra característica: país en desarrollo. Esto se expresaba en nuestra esperanza de vida, la calidad de nuestras instituciones, nuestros niveles de infraestructura y conectividad y la concepción de que los países desarrollados presentan largas tradiciones republicanas.

Desde 1945, este concepto permeó los más lejanos y remotos lugares de la política pública, haciendo del desarrollo una meta deseada e incompleta para nuestra plena ciudadanía y que sería parte central de una batalla cultural de la Guerra Fría, la cual mostro su parte más oscura por diecisiete años de una república capturada y ha continuado siendo una batalla por 30 años sin conquistar el pleno desarrollo.

Pero inexorablemente, la razón ha sido la que ha mantenido nuestra nación unida. Bajo un dogma de mancomunidad y principios de generosidad, lentamente se han expandido los derechos a quienes han sido postergados, buscando disminuir las inequidades que hemos heredado de un pensamiento colonial y “en desarrollo”.

Aún así, nuestros desafíos continuamente estarán presentes para expandir la justicia más allá de los límites de la razón y evitar la aplicación de la fuerza, por más justificada que parezca. Es preciso que algún día dejen de surgir las violentas usurpaciones de sumisión total valóricas, económicas y culturales. Pero entretanto, es posible anticipar una de ella: el mito de un “débil desarrollo”, el cual imprime un carácter sacrílego a nuestras pretensiones de pensar nuestro futuro, lo que no hace más que desacreditar el trabajo de nuestras memorias compartidas de quienes nos fundaron y de las que vendrán.

El siglo XXI está reservado para oír a América reclamar su propio mañana. Sin ser delincuente ni mostrar que este periodo de latencia fue sólo una etiqueta externa de nuestra debilidad de asumir nuestras propias historias, sin caer en la necesidad de sentir nuestro país inferior a otros quienes les hemos mirado como superiores.

La revolución del 18 de septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos que lo llamaba el tiempo y la naturaleza, pero no fueron ni serán los únicos. Los habitantes de Chile merecemos dejar con energía y firmeza el mito del subdesarrollo, que no nos fue fundacional y que ha sido largamente criticado por instituciones académicas, económicas y políticas. Nuestros líderes han fallado en entenderse como iguales, bajo los estándares del Banco Mundial o la OCDE, menospreciando el pensamiento local frente al trastorno de todos los abusos que indicadores y métricas han prescrito en nuestro imaginario nacional.

Este último desengaño y los eventos de hace 200 años me han inspirado, con la misma autoridad construida que la expertise concede, a cambiar esa sensación de “pais joven” o “república en desarrollo”, para separarnos para siempre de la monarquía del pensamiento lineal y proclamar nuestro pleno desarrollo a la faz del mundo(b).

Reconociendo las actuales circunstancias que mantienen una clase política y empresarial extremadamente serviles a discursos cortoplacistas, añadiendo la enorme dificultad que nuestra actual constitución implica para una consulta popular, como aquella que en 1817 convocaron para escuchar la voz de la independencia y convertirla en un documento de unidad, además de la dilación o negativa de nuestros propios mitos de una modernidad postergada; o; quiero celebrar esta ignorada festividad de una manera muy particular.

En ejercicio del poder extraordinario que nos da la libertad de expresión y el privilegio de la educación universitaria, declaro solemnemente, a nombre de todos los postergados, desposeídos y desdeñados, y hacer saber a la gran confederación del género humano del territorio continental de Chile y sus islas adyacentes, sus ciudadanos, residentes, visitantes y foráneos formamos de hecho y por derecho histórico y epistémico, un Estado desarrollado y soberano, y así dejar para siempre superados la inmerecida sensación de atraso.

Esta declaración busca que iniciemos desde mañana nuestros debates públicos con la esperanza de que hemos hecho un largo camino como nación, que nos hace ser líderes en preservación de nuestro patrimonio natural, conectividad digital y productividad científica, ejemplo en tezon deportivo, regulación alimenticia y transformación educacional y paradigma en soberanía energética, artes militares e inspiración poética. Pero también, que este esperado primer mundo comparte el desafío de enfrentar complejas tramas de corrupción, comprender que la crecimiento económico nunca será la completo sin justicia social para pueblos originarios, mujeres, hombres, menores y adultos mayores.

El desarrollo es una tarea constante, pero como la independencia, comienza como una idea que se contagia. Hoy tenemos el desafío de seguir pensando y haciendo nuevos modelos de desarrollo que nos encaminen en los desafíos del conocimiento, la participación y la justicia, pero también tenemos que celebrar nuestras victorias y reclamar nuestros méritos. Como los padres de nuestra patria, debemos asumir la independencia que nos concedieron y reconocer nosotros mismos el alto carácter que tenemos, hasta que las naciones en nuestro alrededor lo reconozcan, para ir más allá de la razón o la fuerza.